¡Súnion!

Updated: Jul 31, 2019

Cuentan que Egeo, el rey de Atenas que da nombre al mar que se extiende frente a nosotros, se lanzó desde aquí al vacío. Su hijo Teseo había marchado a Creta, mezclado con los muchachos que la ciudad ofrecía cada año al Minotauro. Allí, gracias a Ariadna y a su hilo, Teseo supo encontrar el camino, matar al monstruo y salir del laberinto. Pero cometió un descuido: con la emoción del triunfo sobre el monstruo, tuvo tanta prisa por volver a Atenas que olvidó cambiar las velas negras del barco por otras blancas. Era la señal acordada con su padre, el rey Egeo: velas negras significaban que Teseo había muerto en manos del Minotauro, y blancas que se había salvado.

Egeo había venido hasta el cabo Súnion, el punto más al sur de Atenas, para otear desde aquí el horizonte intentando percibir el barco que volvería de Creta y donde quizás retornaría su hijo. Vio de muy lejos las velas negras y, desesperado, saltó al vacío desde el acantilado de Súnion y se despeñó.


Todo esto ocurrió mucho antes que aquí se erigiera el mítico templo dedicado a Posseidón que corona la colina de Súnion y desde donde la vista abarca el mar Egeo. Y antes que el tiempo y sus temporales mutilaran el templo y lanzaran muchas de sus columnas al mar mismo donde se suicidó el rey Egeo.


Hemos venido a Súnion con Jennifer Clement, la presidenta de PEN, y Peter McDonald, el catedrático de Oxford implicado a fondo en la investigación sobre la historia de PEN Internacional junto con su equipo de Writers & Free Expression. Hace más de un año que trabajamos en un proyecto de historia ilustrada de los cien años de PEN Internacional, junto con el grupo de editores Motovun. Es uno de los aspectos del trabajo de nuestra archivista Ginevra Avalle, que ya recibió de más de ochenta centros de PEN documentos, fotografías, imágenes de archivo, recortes de prensa, todo el material necesario para crear una historia narrativa y visual de los cien años de historia de nuestra asociación —que además del libro constituirán un gran archivo online.


Peter McDonald, Jennifer Clement y yo, contemplando el templo.

La red de editores Motovun se reúne estos días aquí en su asamblea anual, y nosotros hemos venido a presentar en detalle el proyecto de libro y a tomar decisiones sobre el calendario de edición. La historia de PEN es un laberinto de historias. Las de cada debate en congresos, las de las sucesivas modificaciones de nuestra carta fundacional, las de la creación del Comité de Escritores en Prisión y de los otros comités de trabajo, las de cada escritor encarcelado que ha recibido apoyo de sus colegas del mundo entero, la de las misiones a países como México, Turquía, Rusia, Venezuela, Perú, Kazajistán,… Las de cada red de solidaridad de centros PEN que ha protegido a un escritor en riesgo, lo ha acogido en el exilio, consiguió hacerlo salir de la cárcel.


Una madeja de historias durante cien años. Mientras caminamos hacia las ruinas del templo en un pausa de la reunión de los editores, les cuento una de esas historias a Jennifer y a Peter. Es la historia de Carles Riba y Súnion. Riba visitó Súnion el 20 de agosto de 1927. Gran helenista, traductor de la Ilíada y la Odisea al catalán, el viaje a Grecia con su esposa Clementina Arderiu marcó sus vidas.


Carles Riba y Clementina Arderiu.

Ambos, Carles y Clementina, eran poetas y fueron fundadores del PEN Catalán durante la primavera de 1922. Participaron en muchos de los primeros congresos de PEN: el de 1928 en Oslo, el de 1935 en Barcelona, y fue Riba quien redactó la nota de homenaje a García Lorca después de su asesinato con la que se abrió el Congreso de París de 1937. En octubre de 1938 Riba viajó con Clementina a Londres como miembro del Consejo Ejecutivo de PEN Internacional. Participó activamente en la reunión donde, como consta en el acta, la principal preocupación era dar acogida en distintos países de Europa a los escritores alemanes y checos fugitivos del nazismo. Riba no podía saber que tan sólo tres meses después, cuando los fascistas hubieran ganado la Guerra Civil, él mismo cruzaría la frontera de Francia junto a Antonio Machado y acabaría siendo uno de esos escritores refugiados y se dejaría ayudar , junto con su familia, por los colegas del PEN Francés.


En la reunión del Consejo Ejecutivo de Londres de octubre del 1939, siguiendo el orden del día, había un tema muy controvertido: la condena de la invasión nazi del Suedetenland, el norte de Checoslovaquia, y del pacto firmado en Múnich por el cual el primer ministro británico Chamberlain y el presidente de Francia Daladier aceptaron la ocupación de aquellas tierras por los alemanes. Habría podido haber unanimidad, porque únicamente uno de los delegados franceses se opuso a condenar el pacto de Múnich: el novelista Jules Romains, que era presidente de PEN Internacional. Los otros miembros del Consejo Ejecutivo votaron con Riba y Benjamin Crémieux por condenar el pacto de Múnich.


Acta de la reunión del Comité Ejecutivo Internacional de PEN en noviembre de 1938.

Crémieux era el otro delegado francés y era un hombre que hacía años que, como secretario del PEN Francés, se había ganado una reputación de hombre justo y capaz de hacer de mediador en situaciones difíciles. Crémieux fue esencial para que el Congreso de PEN de Praga de aquel mismo año de 1938 se iniciara con una condena pública de los bombardeos de Barcelona, que todo el congreso votó como un solo hombre, parados y aplaudiendo la moción que lo proponía –pero eso fue después de mucho trabajo de pasillos hecho por Trabal y Rodoreda, los delegados catalanes, y por Crémieux.


El secretario del PEN Francés era un hombre sabio y afable que mantenía buenas relaciones con todos, en efecto, salvo con el presidente del PEN Francés, de manera que en la reunión de Londres dieron el espectáculo los dos representantes franceses tirándose los platos a la cabeza, y especialmente Jules Romains negándose a votar con el resto y decir públicamente que el presidente de Francia había sido un traidor en el acuerdo firmado en Múnich tan sólo seis semanas antes.


Les cuento todo esto a Jennifer y a Peter mientras nos encaminamos a las ruinas del templo de Súnion. Vamos junto con editores del mundo entero, y estamos contentos porque en las reuniones de trabajo del día hemos acordado poner en marcha versiones del libro en diversas lenguas y el calendario para su edición y publicación. Llegamos frente al templo de Poseidón, que se recorta contra el cielo azul radiante, y allí acabo de contar mi historia:


Escupido a las carreteras del exilio, Carles Riba sufrió unos años terribles con su familia, mientras la Segunda Guerra Mundial invadía Francia y ellos malvivían como podían. Pero escribió los más bellos poemas de exilio, las Elegías de Bierville, y el poema que más me conmueve, quizás porque es breve y está cincelado al milímetro con la sabiduría de un orfebre clásico, es la segunda elegía. Es el poema conocido como “¡Súnion!” Riba cuenta que, perdido en las arboledas frías de la Francia de su exilio, se le aparece el templo de Súnion, el símbolo de la cultura clásica y de la democracia. En plena Guerra Mundial, refugiado, se le aparece realmente el templo de Poseidón, con toda precisión, y le vuelve fértil la dureza del exilio regalándole (y regalándonos a nosotros, que hemos caminado hasta Súnion para producir la historia de los cien años de PEN) unos versos inmortales:

Elegías de Bierville

II

¡Súnion! Te evocaré desde lejos con un grito de alegría, a ti y a tu sol leal, rey de la mar y del viento: por tu recuerdo, que me yergue feliz de sal exaltada, con tu absoluto mármol, noble y antiguo yo como él. ¡Templo mutilado, desdeñoso de las otras columnas que en el fondo de tu salto, bajo la ola riente, duermen la eternidad! Tú velas, blanco en la altura, por el marinero, que por ti ve bien dirigido su rumbo; por el ebrio de tu nombre, que a través del desnudo monte bajo va a buscarte, extremo como la certeza de los dioses; por el exiliado que entre arboledas sombrías te vislumbra súbitamente ¡oh preciso, oh fantasmal! y conoce por tu fuerza la fuerza que le salva de los golpes de azar, rico de lo que dio, y en su ruina tan puro.


Carles Riba

(traducción de José Agustín Goytisolo)




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